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17 de Octubre del 2017
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LAS CASAS BARATAS


 



España - Diciembre del 2007


No es nuevo el problema de la vivienda. Ya durante las primeras décadas del siglo XX, el sector de la construcción, lejos de ser un negocio lucrativo, manifestó claros síntomas de crisis y decadencia. Curiosamente, las consecuencias positivas que sobre la economía en general tuvo la Primera Guerra Mundial, no se extendieron en absoluto al sector inmobiliario que, sin embargo, contaba desde 1911, con todas las bendiciones del Estado a través de la Ley de Casas Baratas. Pero no bastaban los buenos propósitos legislativos. La carestía de los materiales, unido a que buena parte de los beneficios se invertían, o simplemente se acumulaban en otras actividades más interesantes, provocó una retracción de la construcción que amenazó seriamente con dejar en la calle a cientos de obreros que, forzados por las circunstancias, se habían desplazado a Vizcaya en busca de trabajo.

Una de las consecuencias inmediatas de aquella forzada timidez del sector fue un encarecimiento astronómico de los precios de los alquileres que repercutió directamente en las ya maltrechas rentas de los trabajadores. No sólo se habían estancado los salarios reales ante la constante subida de los productos de primera necesidad sino que, además, se añadía el problema de la incapacidad para mantener dignamente un hogar donde vivir. Ese fue el origen de la extensión de las fórmulas de subarriendo, considerado ya entonces como 'una explotación vergonzosa, origen de lamentables consecuencias para la ordenada vida familiar'.

Los primeros pasos los dio la Diputación al iniciar una campaña protectora de la vivienda aunque los constructores, que alegaban a la ya sabida carestía de materiales la subida constante del precio de la mano de obra, 'no se atrevieron a lanzarse a la construcción, ni aún bajo la generosa ayuda que se les ofrecía'. Animado por el paso que había dado la institución provincial, el Ayuntamiento de la Villa elaboró un plan cuyo objetivo era edificar casas baratas para las clases más necesitadas. Paradójicamente, la 'idea germinó con entusiasmo en el ánimo de los necesitados, pero sin fé en el de los que la habían concebido. Se tenía por humanamente imposible ofrecer al pueblo viviendas baratas sobre la base de la carestía ambiente en la mano de obra y en los materiales de construcción '.

De todos modos, a pesar del pesimismo oficial, el Ayuntamiento encargó la realización de dos proyectos al arquitecto Ricardo Bastida. El primero de los dos hacía referencia a casas llamadas económicas, es decir, destinadas a la clase media. El otro, era el de las baratas o, por decirlo de manera más suave, el de las viviendas para los obreros. No obstante, se aclaraba que en dicha denominación no habría porque verse nada que fuera peyorativo, sobre todo en lo relacionado con aquellas últimas. El calificativo de 'baratas' 'respondía a la denominación de las casas en orden al derecho a obtener algún día los auxilios prometidos por el Estado', tal y como se consignaba por la Ley de Casas Baratas de 1911. Para ambos proyectos el Ayuntamiento concedió un empréstito especial al 5 por ciento, amortizable en cincuenta años.

El primer grupo de casas baratas municipales -aunque no fueron calificadas como tales en los concursos organizados para obtener la ayuda del Estado-, fue el de Solocoeche. Ricardo Bastida entregó los planos en 1918 y dos años más tarde ya estaba finalizada la primera fase -en 1934 se procedió a la construcción de lo que sería la segunda parte del complejo urbanístico de Solocoeche-. Eran seis edificios levantados sobre terrenos de propiedad municipal, en las que se alojaron 91 familias de obreros y 'modestos empleados', que sumaban unos 500 vecinos aproximadamente. Hacia en 1927, los alquileres oscilaban entre las 15 y las 55 pesetas al mes. Esto suponía, aproximadamente, el 10 por ciento del presupuesto familiar, aunque habría que matizarlo, debido a que dicho montante no correspondería tanto a rentas obreras como a ingresos de clase media, principales usuarias de esas viviendas. El coste total ascendió a 919.517,10 pesetas, de las que la Diputación subvencionó el 12 por ciento del presupuesto además de eximirlo de algunas cargas impositivas.

En 1919, Ricardo Bastida presentó el segundo de los proyectos: Torre Urízar. El complejo, habitado en 1922, lo componían 24 casas, con 265 viviendas en las que se alojaron cerca de 1.400 personas. Las rentas, muy parecidas a las de Solocoeche, oscilaban entre las 15 y las 45 pesetas, 'siendo el tipo medio y las más de 32 pesetas', es decir, que al igual que en Solocoeche, también la mayor parte de los usuarios eran de clase media. El resultado, que se juzgó soberbio -se llegó a decir que era lo mejor de la época en materia de casas baratas colectivas- fue una barriada con tres plazas amplias, intercaladas en la construcción y que permitieron a Bastida 'distribuir las viviendas sobre la base ideal de que todos los huecos de las 24 casas tengan luz directa'.

El presupuesto total de Torre Urízar ascendió a 2.813.017,11 pesetas -hoy en día un piso en esa zona tiene un precio medio que oscila entre los 250.000 y los 270.000 euros, es decir, entre los 40 y 50 millones de pesetas-, de las cuales la Diputación Provincial subvencionó el 25 por ciento. También el Estado concedió una subvención de 641.312,25 pesetas.

Tanto Torre Urízar como Solocoeche fueron vistas como el principio de una obra social pionera en todo el Estado. La posterior creación de una Junta de casas baratas municipales, aseguró la continuidad de la obra -de hecho existían planes de construcción en Zorroza y en Zorrozaurre-, aunque, a la altura de 1927, aquellos proyectos iniciales de Bastida se mantenían como los únicos de titularidad municipal. Y lejos de solucionarse, el problema de la vivienda, pese al nacimiento del movimiento cooperativista orientado en esa línea, se mantenía candente. La iniciativa privada era muy escasa; la municipal y provincial, lenta; el movimiento cooperativo no terminaba de generalizarse y, para complicarlo todo aún más, las necesidades de las clases humildes no disminuían. Todo lo contrario, aumentaban. Y es que Bilbao se enfrentaba a un problema enorme, casi una pesadilla.


Fuente: terra.es

 







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