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20 de Noviembre del 2017
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OBRAS DE DANIEL LIBESKIND


 



Daniel Libeskind: Mi obra habla de vida desde la catástrofe









Gran parte de los proyectos fundamentales de Daniel Libeskind han constituido el trabajo de transformar pathos en arquitectura al corporizar la memoria sobre los acontecimientos más traumáticos para la humanidad contemporánea, el Holocausto y el 11-S: la remodelación de la Potsdamerplatz en Berlín, el Museo Judío de Copenhague, la Casa Felix Nussbaum, el Imperial War Museum en Manchester, el memorial Memoria e Luce en Padua y la torre de la Libertad en Nueva York. "Edificios, oscilantes en el espacio y, sin embargo, sólidos y homogéneos, que destacan de cualquier tipo de entorno. Poseen mundo propio. Tal vez tienen algo de sacro" escribía, con fascinación, el crítico László F. Földényi tras su visita en 2001 a una exposición de maquetas de este arquitecto que define a la arquitectura como la máquina que genera el universo que produce a los dioses, a la vez que argumenta la necesidad de una arquitectura diferente para el s. XXI cuyos planteamientos estéticos y éticos sean expresión de la transformación política, cultural y espiritual por la que se había atravesado en el XX.

En su despacho neoyorquino, Libeskind explica a Cultura/ s que "la arquitectura no debe limitarse a comunicar a un ser humano la existencia de un mero objeto". "La arquitectura es una percepción, y también algo que posee una dimensión intelectual. Es una forma de comunicar algo más allá de la realidad física con la que está construida", añade este creador de estructuras expresionistas, que parecen estar desafiando a leyes y órdenes, cuyo discurso se articula en torno a la poética de palabras como intensidad, incertidumbre, impredecible. Su comprensión de la arquitectura como un cauce de expresión para el zeitgeist se traduce en los gestos ríspidos de sus obras, cuyo proceso de generación no puede ser definido con precisión por su creador: "Es algo difícil de explicar. Se trata del proceso de hacer que emerjan cosas: algo que te obliga a estar conectado con el espíritu del mundo".Daniel Libeskind es el arquitecto que concibió el estremecedor Museo Judío de Berlín: el edificio que, transformando en lógica constructiva la música de Schönberg y una planta basada en el trazado resultante de unir los puntos donde se ubicaban antes de la Segunda Guerra Mundial los hogares de judíos en Berlín, construye una materialización filosófica del estado psíquico de la condición humana tras el Holocausto, induciendo en ese espacio a la vivencia de la percepción de la propia ausencia. Es el arquitecto que proyectó dos torres de 1776 pies de altura que "reconquistarán el cielo de Manhattan", alzándose sobre sus predecesoras para restaurar el símbolo de la cumbre espiritual de la ciudad, como un icono de la victoria de la vida que expresase la vitalidad de los neoyorquinos frente al peligro y el optimismo tras la tragedia.

"Las emociones, los sentimientos no son privados. Son una parte del mundo. Hay una diferencia entre una emoción privada y una que forma parte de la realidad. La realidad no es sólo un ejercicio intelectual: no escuchamos música juntando una nota con la otra. Lo que se siente cuando la escuchamos es su fuerza espiritual, y así debe ocurrir también con la arquitectura. Los sentimientos que inspiraron estos proyectos surgen de la catástrofe. Pero no obstante, estos edificios hablan sobre la vida. El Museo Judío, con sus espacios y su continuidad espacial expresan lo provocado por la exterminación. La torre de la Libertad y toda la zona cero son un memorial de la catástrofe provocada por los ataques terroristas. Sin embargo ése es un proyecto que también habla sobre la pureza de la ciudad democrática y es una afirmación de la libertad del cielo neoyorquino. Concibo estos edificios como una conexión del recuerdo con el futuro" explica.

Un papel activo

Nacido en 1946, con una identidad de la que forman parte su herencia de judío europeo y su ciudadanía estadounidense, en la visión de Daniel Libeskind subyacería ante todo un horizonte optimista que le lleva a afirmar el papel activo de la arquitectura como expresión de los deseos de la humanidad, hacia un futuro positivo. "La arquitectura es una traducción de la vida, del pulso de un tiempo -insiste-. Necesita crear un espacio que esté conectado a esto y que también proporcione un escenario para la actividad y la imaginación. Debe ser explorada con el cuerpo, debe ser algo que apele a la mente".

Frente a un discurso que concibe su obra arquitectónica casi literalmente como un fruto de la inspiración, la forma de la arquitectura de Libeskind no aclara, sin embargo, cómo se catalizan otras dimensiones del pathos de nuestra cultura en obras como la extensión al Victoria & Albert Museum de Londres, la fachada para la sede de la compañía Hyundai en Seúl o en sus recientes proyectos para la extensión del Royal Ontario Museum, el Teatro Grand Canal o el Ascent en el Puente Roebling, proyectos retóricos, de estética inequívocamente libeskiniana, en los que la intención fundamental del arquitecto es impresionar, causar un efecto sobre el visitante del edificio y ser destacadas piezas urbanas. "Afortunadamente, no sólo he sido requerido para trabajar en proyectos que deben expresar los aspectos oscuros de nuestra época. Me agrada resolver encargos para crear edificios que puramente celebran la vida, que expresan la alegría, el hecho de vivir, lo cotidiano. Considero esencial que la arquitectura esté enraizada en la historia, en la memoria y en la tradición de un lugar. Existe una conexión entre lo memorable y lo eterno. La arquitectura es construir hacia una dirección: debe mirar al futuro y adquirir sustancia dentro de la vida de las personas. Advierto que hoy la gente exige una arquitectura que sea tan sensible a la vida como las ciencias, la economía, las artes… Quiero hacer edificios que permitan a las personas disfrutar su conexión con el espacio y de la conexión del edificio con la ciudad" responde preguntado sobre en qué punto se bifurca la esencia de la celebración y del trauma en el hombre contemporáneo.

Se tituló en Arquitectura en 1970, adquiriendo una sólida reputación como teórico antes de comenzar a construir. De todos los arquitectos que Philip Johnson presentó en su exposición sobre la Deconstrucción en 1988, ("Yo sólo fui integrante de ella, mi participación fue un encargo", dice hoy Libeskind) posiblemente la arquitectura dramática y compleja de Libeskind fuera la más paradigmática de aquel concepto filosófico que forzadamente Johnson quiso traducir en arquitectura, proponiendo una salida a la Arquitectura Moderna, obviando la recargada Posmodernidad, con aquel edificio torturado que estrujaba la geometría euclediana. La magnificación del sentido de la obra arquitectónica que tan consistentemente Libeskind logró conceptualizar y hacer materia perceptible en el Museo Judío de Berlín -y con ello, la posibilidad de abrir un cauce teórico que incorporase la dimensión de la esencia emocional en la arquitectura contemporánea- devino gradualmente un discurso de intelectualismo dogmático y efectistamente ambiguo, quizá forzadamente romántico y superficialmente erudito, condenado a encallarse en sí mismo.

Libeskind estudió música y fue un pianista virtuoso, pero lo abandonó para hacerse arquitecto, aunque algunos de sus dibujos están hechos sobre pentagramas. Parece hablar la sensibilidad estética del músico cuando afirma: "la arquitectura es algo más que construir, primero debes construir en las profundidades de lo que ésta es", una idea que recalca su obsesión por la dimensión inmaterial de la arquitectura, por "ir más allá de la realidad física con que está construida" que ha ido en detrimento del desarrollo de una investigación sobre la esencia de cuestiones formales y materiales que equilibrase, sustentase y diese significado a la sublimación poética de la fuerza espiritual de la arquitectura contenida en su discurso y a su ambición de trascender el presente.

La torre de la controversia

La controversia en torno a la manipulación del diseño de su proyecto para la Torre de la Libertad, basado en sus sentimientos sobre el paisaje y los símbolos de la ciudad, al deber acceder a que fuera sometido a los retoques de David Childs, arquitecto del grupo SOM, por decisión de Larry Silverstein, arrendatario del World Trade Center para adecuarlo a sus intereses inmobiliarios y mejorar la seguridad del futuro edificio, fue mediáticamente la humillación a la idea de un genio individualista. En desacuerdo, Daniel Libeskind afirma que se siente satisfecho del proyecto final, que se culminará en 2008: "Creo en la democracia. No creo en el arquitecto como figura autoritaria. Todo proyecto arquitectónico se lleva a cabo mediante la unión de diferentes fuerzas. La Zona Cero es un proyecto para mirar adelante: para estimular el desarrollo de ese lugar, para crea un espacio inspirador, cultural, con un nuevo espíritu". Aún así de sus palabras se desprende desazón. Resulta difícil de comprender la ingenuidad con la que Libeskind asumió este encargo de gran complejidad por su valor icónico y monetario sin ser consciente de que para que una idea etérea y romántica, como la que él proponía prospere un arquitecto ha de actuar como un negociador voraz, asumiendo que serán necesarios golpes bruscos y ser hábil para defender la integridad de sus ideas para que al final prevalezca el espíritu que construyó el edificio

Daniel Libeskind, nacido en 1946 en Polonia, estudió música en Israel y Nueva York antes de licenciarse en Arquitectura, materia en la que ha desarrollado edificios como los Museos Judíos de Copenhague y Berlín. Actualmente trabaja en el proyecto de la torre de la Libertad para la zona cero de Nueva York. Es ciudadano norteamericano desde 1965.

Fuente: La Vanguardia

 







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