CONCURSO PARA PROYECTAR UN MURO EN LA FRONTERA ENTRE EE.UU. Y MÉXICO
El concurso convocado por The New York Times para proyectar un muro en la frontera entre EE.UU. y México, obliga a revisar las relaciones entre arquitectura y política.
Primero fue "Wonderwall", aquel disco experimental de George Harrison por fuera del universo beatle. Tocando con músicos hindúes, Harrison nos proponía una experiencia de superación de lo que esencialmente es un muro, aquel elemento cuya presencia limita y separa, pero que también instiga nuestra curiosidad. Luego, la melancólica y crítica "The Wall", de Pink Floyd.
Básicamente la obra compuesta por Roger Waters hacía de algunos acontecimientos de su infancia y juventud una critica a la sociedad disciplinaria. Manifestaba la orfandad del hombre contemporáneo frente a los aparatos normalizadores del estado. Y, sobre todo, criticaba la alienación, producto de la violencia inutil de las guerras.
Una década antes de la caída del Muro de Berlín, la obra de Pink Floyd fue un grito premonitorio a favor de la confraternidad entre los hombres. O sea, una apertura artística a la multiculturalidad y a la heterogeneidad. Aquel ominoso signo de la separación y de la imposibilidad de convivencia en paz había caido. Esta vez el arte anticipaba la realidad.
Ya lo había notado Rem Koolhaas en su notable ensayo sobre el muro de Berlín, editado en SMLXL. El holandés se refería al enorme potencial de significación de una estructura elemental, "el muro" que, a pesar de su aparente neutralidad, diferenciaba escenarios y dramas urbanos como una inexpugnable línea de fonteras. Koolhaas aseguraba que el muro basa su silencio expresivo en imágenes lacónicas que contrastan con la poderosa idea de división que subyace en él. La lección formulaba: no importa su apariencia, sino su presencia implacable, aislando y dividiendo.