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Arquitectura Hoy
20 de Noviembre del 2017
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ENTREVISTA CON RAFAEL MONEO


 



Rafael Moneo
“El Prado con el que la gente va a encontrarse es el mismo Prado que recuerda y no otro”

Antes de que Rafael Moneo inaugurara los cursos de verano de la Fundación Duques de Soria, el arquitecto habló largo y tendido con Antón García-Abril sobre el tramo último de las obras de ampliación del museo del Prado, y otros muchos ejes de su trabajo y de la ciudad de Madrid en la que vive. Lleva Moneo a vueltas con el proyecto desde 1998 y espera concluirlo con la entrada de 2007. En esta entrevista hablan los arquitectos también del nuevo eje de los museos en la Castellana, del caos de Madrid y de las nuevas generaciones de arquitectos.

Rafael Moneo me recibe en su estudio, donde hablamos de los asuntos que más le ocupan y preocupan, como es el futuro de su ciudad, Madrid, la vigencia de las ideas de los arquitectos en el tiempo, así como de los aspectos que aún le mueven en el día a día de su práctica profesional. Una larga carrera que perdura en el tiempo y que sigue manteniendo la intensidad y el nivel de compromiso que impuso en sus primeras obras, desdeñando aquellos proyectos que independientemente de su magnitud no representan nada en la responsabilidad del arquitecto ante la sociedad y la cultura arquitectónica.

–La ciudad de Madrid vive con expectación las sucesivas actuaciones arquitectónicas que experimenta las que están ya en marcha y las inminentes, en un momento de transformación palpable y no exento de polémica. En este marco desempeña un papel fundamental y nada fácil, con la ampliación del Museo de Prado. ¿En qué estado se encuentra la ejecución de las obras?
–Si todo va bien espero que la obra esté acabada con el año, pero hay que estar preparado para cualquier contingencia. Tengo un gran interés por ver cómo los ciudadanos reciben la obra y cómo lo digiere también el lugar, ya que el proyecto de ampliación del Prado sirve al museo preexistente pero también contribuye a resolver un episodio urbano importante, y que puede decirse que estaba en unas condiciones menos satisfactorias de lo que muchos creían.

El Prado como metáfora
–Aunque a lo largo de su trayectoria profesional se ha enfrentado a problemas muy diversos y ha abordado importantes obras en el ámbito museístico, ¿cómo sigue viendo un proyecto tan importante para la ciudad, sobre todo cuando al edificio de Villanueva se añade la erosión producida por otras intervenciones en distintas épocas?
–Estudiar el edificio de Juan de Villanueva no ha sido fácil, pero a medida que he ido trabajando en él, ha ido cautivándome e interesándome desde su historia, que revela una evolución a través del tiempo que mucho tiene que ver con lo que son los avatares de la vida de un arquitecto. El Prado muestra con claridad cuánto un cuerpo clave del edificio, como era el espacio central de planta basilical, destinado a las sesiones de los académicos e inacabado en manos de Villanueva, ha dado pie a la evolución del museo, a las sucesivas ampliaciones. En ésta última, el Prado se libera de algunas de las obligaciones que había contraído y pasa a hacer un uso más intenso del edificio de Villanueva.

–¿Cómo ha sido posible lograrlo?
– Una de las claves del proyecto es el crecimiento sustancioso de la superficie, que aumenta en un 60 por ciento, sin que los 20.000 metros cuadrados añadidos impidan que el Prado conserve su identidad. Así que el Prado con el que la gente va a encontrarse es el mismo Prado que recuerda, y no otro. Y en este sentido espero con ansiedad el momento en que las obras terminen, para ver de qué modo aquello que yo pienso se cumple y cómo es interpretado. Porque las obras te niegan casi hasta el final la percepción de lo que son y, aunque la ampliación está muy avanzada, el estar en vilo que supone terminar una obra como la ampliación del Prado me acompañará hasta el final.

–Aunque la ampliación discretamente ocupa la parte trasera del edificio, ¿cómo se relacionan los nuevos usos con el Salón del Prado, actual Paseo del Prado, y qué nuevo tratamiento adopta la zona este del edificio de Villanueva, de menor protagonismo hasta ahora?
–El Prado es un edificio que engaña y, sólo aparentemente, sirve a los ideales de rígida simetría. La fachada este era casi ignorada por el edificio de Villanueva, sin resolver el encuentro con la ladera donde se levantan la iglesia y el claustro de los Jerónimos. En la ampliación adoptamos una solución de terraza ajardinada sobre la calle Ruiz de Alarcón, que va a permitir una percepción del edificio más cercana de lo que fue en sus comienzos. Así la espalda va a dejar de ser tal, incorporando una nueva entrada hacia el claustro, con la intervención de Cristina Iglesias, que complementará los demás accesos al Prado, las llamadas puertas de Goya, Murillo y Velázquez. Dará acceso a los servicios del claustro, autónomos e independientes del edificio principal y fundamentalmente ligados a las actividades académicas del Prado, los talleres de restauración y el gabinete de dibujos, y también podrá servir para aliviar el flujo de personas a las exposiciones temporales. En definitiva, la ampliación es la ocasión para desarrollar otras actividades programáticas que son completamente ajenas a la colección permanente, pero imprescindibles para el Museo.

Intervención en la Castellana
–Las actuaciones que posteriormente se llevarán a cabo en el Paseo del Prado, como la propuesta conjunta de Siza y Hernández de León, no parece que afecten directamente a la ampliación del Museo, pero sí trata de manera desigual a dos de los edificios en los que ha intervenido, volcando quizá casi todo el espacio urbano hacia el Museo del Prado y restándoselo al Thyssen. ¿Cuál es su opinión sobre la intervención en el eje de la Castellana?
–El día que la intervención del Paseo del Prado se produzca, el acceso al Museo tendrá otro tipo de relación con los peatones y con los coches; e indudablemente el Prado disfrutará de ese nuevo modo de relacionarse Madrid con la Castellana, pero no creo que afecte a la ampliación en sí. En cuanto a los planteamientos sobre el eje de la Castellana, opino que es importante mantener el carácter que tiene. La Castellana ha sido una vía de expansión de Madrid que en la época de los Borbones adquirió su perfil institucional, constituyéndose como lugar de paseo y encuentro social; y en el siglo XX se ha desarrollado naturalmente como vía de tráfico importante en reconocimiento de su condición topográfica crucial en la estructura de la ciudad. Y esto es algo de lo que nadie puede desprenderse sólo con una decisión voluntarística. Claro está que mejorar las condiciones de los peatones, la accesibilidad de todos los edificios afectados en el Paseo del Prado y convertir ese ámbito en un espacio público importante es positivo, pero seguramente tiene que ocurrir sin distorsionar y sin obviar el rol que de manera natural cumple la Castellana en la ciudad hoy.

En la madurez profesional
–Acaba de terminar otra ampliación de un edificio de la capital que, curiosamente, ha pasado silencioso ante los ojos de los madrileños. Me refiero a la monumental sede del Banco de España en Cibeles.
–El proyecto proviene de un concurso convocado en 1978. Cuando resucitó hace cuatro años, me asustó el encargo. Después de todo lo que el postmodernismo ha significado y encontrándonos en un momento en el que la atención a la historia parece contar tan poco, retomé la idea atemorizado. Pero me pareció que no había razón para no insistir en lo que se había planteado en el concurso. De modo que, con el mismo criterio de años atrás, pensé en completar la manzana para evitar la necesidad de intervenir de nuevo en aquel lugar. Tratando de entender los mecanismos de composición de los primeros arquitectos del Banco, y con la idea de incorporar a la pequeña intervención los órdenes del edificio e introducir el motivo de la fachada de Cibeles en el chaflán, llegué a pensar que efectivamente no había por qué no insistir en lo que se había valorado o premiado en el año 1978, con alguna modificación a favor del proyecto.

–¿Y tenía razón?
–Si alguien lo estudia con atención verá que el proyecto ejecutado es muy distinto al de entonces. Por otro lado, los elementos figurativos de decoración que en 1978 me atreví a replicar, se entienden hoy como elementos más abstractos y esquemáticos que dan lugar a un ejercicio interesante de percepción visual, donde la diferencia pasará inadvertida para la mirada distraída. Es una satisfacción comprobar que estos 28 años no han corrido en vano, y que la mayoría de edad va acompañada de una mayor madurez profesional. Lo cual es una de las pocas satisfacciones que uno encuentra en el hacerse mayor.

–Y todo este trabajo en paralelo al concurso convocado para la construcción del nuevo Palacio de Congresos de Zurich en Suiza, que acaba de ganar...
–El trabajo del arquitecto participa de una cadencia que es distinta a la que se produce en muchas otras actividades, ya que permite solapar en el tiempo proyectos tan distintos en su planteamiento como son el proyecto del Prado, cuyo concurso empezó hace ocho años, la ampliación del Banco de España, que se remonta veintiocho años atrás, y otros proyectos nuevos como el de Zurich. Ser capaz de estar asociado a una ideología estética que no sufra mucho de la evolución del tiempo, que tenga el poder de extenderse, me parece que es algo con lo que un arquitecto tiene que contar. El Palacio de Congresos en Suiza, siendo un proyecto distinto a los otros dos de los que hemos hablado, es un proyecto que algo debe a mis últimas obras. La propuesta tiene las dimensiones a escala de la ciudad. Es esta conciencia de la importancia que tiene en la ciudad la escala para que los edificios proyectados vivan cómodamente en su entorno lo que creo que ha podido conquistar al jurado. Es la forma que tengo de entender la arquitectura, que nunca olvida la continuidad en cierto modo inevitable y que va más allá de la adscripción a determinados lenguajes o a determinadas interpretaciones de cómo construir.

La nueva arquitectura
–Dentro de esa conciencia sobre la escala de la ciudad, y por regresar a Madrid, ¿cómo ve la ciudad en la que vive, las muchas actuaciones diversas e inconexas que tienen lugar; los impactos de los edificios culturales en marcha, las infraestructuras...?
–Madrid ha tenido poco tiempo de pensarse a sí misma. El crecimiento desaforado de estos últimos años se ha producido compulsivamente, demasiado apoyado en un urbanismo conducido desde esquemas viarios. Es indudable la relevancia de éstos en una ciudad como Madrid, pero no configuran la ciudad por sí solos y menos aún cuando soportan en numerosas ocasiones edificios banales y desarrollos sin otro valor que su disponibilidad.

–¿Qué es lo que más echa de menos?
–Echo en falta propuestas residenciales que vayan más allá de todas estas actuaciones urbanísticas, del “adosado”, que caracteriza el actual crecimiento de Madrid. Con este escenario, sólo la vida puede suavizar la trivialidad del modelo de construcción imperante. Al margen de los crecimientos residenciales a los que me refiero, tan impresionantes en términos cuantitativos, quizá uno de los episodios que ha tenido más importancia en el último Madrid, sea la urbanización del área del Campo de las Naciones. Uno piensa que no ha habido ocasión para un episodio urbanístico de tal relieve, que albergue construcciones tan importantes, parques, dotaciones institucionales, ferias y palacios de congresos. La ausencia en momentos como esos de una impronta arquitectónica de mayor firmeza, resulta inquietante.

–¿A qué se refiere?
–A que al final todo parece justificarse por la urgencia y se promocionan modelos de desarrollo tan antipáticos como que la ciudad crezca mediante parques o mediante ciudades de la Justicia, o de la Cultura. La ciudad crece sin que haya esa necesidad de especialización dictada por la conveniencia de los burócratas. Yo creo que Madrid hubiera podido hacer que todas estas instituciones se imbricasen en su estructura, con una visión más global y reflexiva. Madrid merece tener unos buenos servicios técnicos municipales para que cuando uno hable de su ciudad no tenga que referirse a una malentendida espontaneidad que lo justifica todo y que muchas veces deja la construcción de la ciudad fuera de los límites casi racionales.

–Ha hablado antes de continuidad como una cualidad que aprecia a nivel de desarrollo personal, pero también podríamos aludir a otras formas de continuidad importantes, como la generacional o disciplinar. Como maestro, ¿cómo ve a los arquitectos más jóvenes?
–Esa otra continuidad a la que alude se establece a través de una cadena de relevos que se ha dado siempre y que, en el campo de la arquitectura, se produce mediante la presencia de los profesionales en las escuelas o mediante el trabajo de los arquitectos más jóvenes en los estudios de los más experimentados. Las nuevas generaciones manejan ya unas herramientas y se interesan por principios estéticos e ideológicos distintos a los que a mí me corresponden, y están abiertos a una información tan amplia que en esta situación global a lo mejor no cabe decir que sean ni madrileños. Eso sí, luego la realidad establece las reglas del juego que igualan las condiciones para todos aquellos que trabajan en el campo de la arquitectura.

–Una última pregunta personal: después de tanto tiempo en la profesión y tanto construido, después de testar ambientes geográficos dispares y abarcar campos muy distintos, ¿qué le queda por hacer en la arquitectura?, ¿qué temas le mueven a trabajar como el primer día?
–Los encargos que ahora más me pueden interesar son aquellos que yo entiendo que suscitan el mismo interés en los usuarios. En el fondo la trascendencia de un encargo está dada por la importancia que tiene para una ciudad el edificio que se requiere. Me gustaría hacer ese edificio que sirve a la gente y que es urgente en un lugar determinado. El arquitecto persigue una conexión con la sociedad para la que trabaja y en ese aspecto, ¿tiene sentido construir allí donde no encuentras respuesta? Prefiero trabajar en lugares donde conozco la incidencia, la importancia y el impacto que mi trabajo tiene; y eso me vincula a una sociedad que se dilata lo suficiente como para que añore hoy circunstancias de trabajo algo más limitadas.

Fuente: El cultural

 







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