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Arquitectura Hoy
24 de Octubre del 2017
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ENTREVISTA A JOSÉ SELGAS Y LUCÍA CANO


 



"Debemos volver a conectar con la sociedad"

José Selgas y Lucía Cano hablan de una nueva generación de arquitectos harta del espectáculo. Han terminado en Badajoz un Palacio de Congresos discreto y monumental. A éste, su primer gran proyecto, le siguen ya los auditorios que construyen en Cartagena y Plasencia. Todos comparten ciertos materiales de vanguardia combinados con una sobria presencia.

Su casa de Majadahonda, en la que viven Lucía Cano y José Selgas (Madrid, 1965) con sus dos hijos, tiene un pie en el pasado y otro en el futuro. Podría parecer un platillo volante aterrizado en el jardín, pues tiene una doble planta cercana a un círculo y puede caminarse por sus cubiertas, pero también recuerda a las viviendas mediterráneas de los sesenta, cuando la vida quería ser relajada, dinámica y desenfadada. No hay simetría ni uniformidad. El orden parece azaroso, pero todo está en su sitio. Dentro se respira comodidad, verdad -si es que eso se puede respirar en una casa- y un marcado gusto personal. José comenta que cualquier cosa puede inspirar una decisión y cita a Thomas Bernhard recordando un teatro familiar en el jardín de su casa. Todo es sencillo, pero no es una arquitectura de mínimos. Además resulta espectacular. Antes de convivir y trabajar juntos, Lucía compartió con sus cuatro hermanos arquitectos el estudio de su padre, Julio Cano Lasso. José trabajó con Francesco Venezia, "el arquitecto que más me interesaba entonces, luego me di cuenta de que sus claves estaban en Nápoles". Su primer grupo de viviendas les valió el Premio de la Comunidad de Madrid en el año 2001. Y ahora los pacenses se han rendido ante su nuevo auditorio.

PREGUNTA. El Palacio de Congresos de Badajoz está construido en la antigua plaza de toros de la ciudad. Un lugar con una fuerte carga de historia en el que 1.200 republicanos fueron fusilados una noche del mes de agosto. ¿Cómo se aborda ese contexto invisible?

JOSÉ SELGAS. Ese tipo de contexto es, efectivamente, latente, porque la gente habla poco de él. Partíamos de una plaza de toros, que venía de otra plaza, que a su vez procedía de otra. Y así hasta la original de madera, que se remonta al siglo XIX. Eso deja una huella clara: un círculo excavado en el bastión. Y ese círculo encierra una, o muchas vidas. Lo tratamos con respeto.

P. ¿Cómo se materializa arquitectónicamente el respeto?

J. S. Formalmente manteniendo el círculo sin más. Es un proyecto muy simple: había un círculo y mantuvimos el círculo. La idea está en una frase de Leopardi: "El mayor saber estaba en haberte dado cuenta de que lo que estabas buscando ya existía". Era inútil seguir buscando.

P. ¿Ése es un problema de la arquitectura actual? ¿No se aprecia suficientemente lo que existe?


J. S. No lo creo. Ahora hay una generación de gente bastante sensible con lo que hay. Claro que hay otros grupos a quienes llaman para que dejen su huella por encima de cualquier otra cosa.

P. ¿De qué generación habla?

J. S. No estamos al día de grupos ni generaciones. Nuestro problema es que nos mezclamos poco. Estamos aquí. No damos clase, nos escabullimos de conferencias porque no creemos que seamos buenos dándolas.

LUCÍA CANO. Se necesita mucho tiempo para hacer bien tantas cosas. No puedes dedicarte a un estudio, a dirigir una revista y rendir en todos los campos. Preferimos la obra.

J. S. La obra es lo que nos gusta: colocar un ladrillo, podar el jardín. Acabar materialmente los proyectos. A pie de obra puedes pedir que te echen grava veinte centímetros más allá.

P. Es una manera de entender la arquitectura a la antigua. Definida más en el lugar de ejecución que sobre el plano.

L. C. Como yo voy menos a la obra tengo tal vez más libertad. Doy menos la cara y cuando voy, voy como espía, puedo sacar más defectos.

P. Hay muchas maneras de lidiar con el pasado de los lugares. Peter Eisenman hizo de su monumento al Holocausto un lugar estéril, las Torres Gemelas han dejado un vacío y levantarán un rascacielos más alto. ¿Cuál es el mejor tributo para la historia?

J. S. Un nuevo uso. La mejor manera de relacionarte con el pasado es dándole uso, haciendo posible nueva vida. Pero ésa no fue nuestra decisión. Badajoz tiene una orquesta sin sede, y el Palacio de Congresos es también un auditorio y, por supuesto, un lugar de encuentro para la gente de Badajoz que crecerá donde hubo desencuentro. La mayoría de los palacios de congresos que estamos haciendo ahora son, en realidad, auditorios para lugares donde no había.

P. El edificio de Badajoz tiene planta circular como el MEIAC (Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo), y ambos eran solares con pasado, una plaza de toros o la cárcel de la ciudad. ¿Se puede ser importante sin ser monumental?

J. S. Nuestro edificio busca integrarse con la ciudad. Si algo nos caracteriza es esa voluntad de evitar la presencia de la arquitectura. Cuanto menos se note mejor. Las ciudades están colmadas de arquitectura. Lo ideal es que se note lo justo. Lo que queríamos era un punto de luz. Lo que hicimos con la plaza fue hacerle un pequeño velo y abrirla a la ciudad. Le hemos dado a la ciudad un espacio mucho mayor del que tenía. En lugar de lo contrario.

P. ¿Cómo se esconde un edificio de 15.000 metros cuadrados?

L. C. En realidad sí tiene mucha presencia. Pero es una presencia variable que, por ejemplo, aumenta por la noche, cuando el auditorio se ilumina. El edificio tiene fuerza porque en él confluyen decisiones claras. Como la de fundirse con la geometría del lugar por una cuestión de escala. Está en medio de la muralla y quedaría ridículo hacer un edificio grande en una muralla pequeña.

J. S. El edificio tiene presencia por la despresencia. Está como hilado. La obra nueva, los materiales nuevos son sutiles como hilos, pueden estar o no estar. Tiene un aire efímero. El edificio es como una luz que puedes apagar, pop, y te la llevas. Una arquitectura que se desenchufa.

P. En los auditorios en los que trabajan han elegido dar un paso atrás.

J. S. Si lo puedes dar atrás mucho mejor que adelante. Nuestros edificios tienen presencia, pero eligen ceder el protagonismo, enchufarse cuando hacen falta y desaparecer después.

P. ¿Cómo se enchufa y se desenchufa un edificio?


L. C. Nuestros edificios respiran mucho. Son muy permeables, muy perforables, muy ligeros. Parecen flotar. Están envueltos en telas translúcidas o materiales como el ETFE -una tela plástica- que se modifican mucho con la luz.

P. También los entierran mucho.

L. C. Cada sitio pide un tipo de arquitectura. Si quieres mantener el carácter de un puerto, frente al mar, no parece natural levantar una barrera. Para hacer el auditorio de Cartagena nos inspiraron los cargueros, los contenedores de colores que transportan los barcos. El edificio es bajo y plano por esa voluntad. Un puerto es eso: una acumulación de objetos.

P. ¿Esa voluntad de no destacar es su reacción frente a la arquitectura espectáculo?

J. S. Es la opción que nos convence. Yo entiendo que las estrellas mediáticas no pueden hacer esto. Pero a nosotros sí nos gusta. A medida que avanzamos en una obra menos se ve. Eso, en un momento, nos preocupó con vistas al político y al promotor. Pero luego ellos también han sabido ver que las cosas que se ven sin cegar son como lo que se escucha sin ruidos: se ve y se escucha mejor. El espectáculo tiene un límite. Y el arquitecto despreocupado de la sociedad, el público y el uso de los edificios también.

P. ¿Cómo se mide el éxito de un edificio?


J. S. Con la ilusión de la gente. El mediático es otra cosa, seguramente necesario, pero menos real. Hubo un tiempo en el que una sociedad alabase un edificio era sinónimo de fracaso, de mala arquitectura. Se consideraba que la buena arquitectura estaba por encima del conocimiento de la gente. La arquitectura mediática ha ayudado a corregir esa aberración. Pero no se ha puesto al nivel de la gente. La buena arquitectura sólo es buena si sirve a la gente.

P. ¿El logro de que la sociedad hable y valore la arquitectura es de los edificios espectáculo?

J. S. Indudablemente. Ha ocurrido también con la música. Uno no puede alejarse tanto de la sociedad. Has de saber volver. Si te preparas puedes hacer cualquier cosa, pero hoy es casi imposible que alguien se trague seis horas escuchando a Morton Feldman. Es importante volver a conectar con la sociedad.

P. ¿Y eso se vive como un compromiso o como una autocrítica?


J. S. Toda relación es un compromiso. Si haces arquitectura para alguien, para la sociedad, no la haces sólo para ti.

Fuente: El Pais, España

 







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